19 de marzo de 2017

Presentación de "La Piel azul"


El pasado jueves tuvo lugar en el palacio de los Condes de Santa Ana de Lucena la presentación de la novela de Alberto Díaz-Villaseñor titulada "La Piel azul". El acto estuvo organizado por la asociación cultural Naufragio y en ella además del autor intervinimos Sensi Budia (directora ejecutiva de la asociación) y yo.
A continuación se puede leer mi intervención.

Alberto Díaz-Villaseñor y yo en un momento del acto.

Hace ya bastantes años que tuve el gusto de coincidir con Alberto en su localidad natal, a donde me llevaron los avatares de mi labor docente. En los meses que estuve por allí pudimos compartir conversaciones, paseos e incluso algunas justas reivindicaciones (recuerdo aquella tarde en el Cabril donde tu pueblo luchaba por un hospital), y por supuesto, la afición a la literatura. Igualmente compartimos mesa en el I encuentro de escritores del Norte de Córdoba organizada por él.

Desde entonces he seguido su trayectoria literaria y periodística, volviendo a reencontrarnos a través de las redes sociales, y por ello tengo que decir que es para mi un orgullo presentar hoy aquí una de sus obras (espero que no sea la última), la novela “La piel azul” que me recuerda una tierra que, de su mano aprendí a valorar y conocer mejor.
Para centrarme en la obra, me vais a permitir que comience leyendo el siguiente párrafo:

“Hay que ver, pasados los años, hablándolo con los compañeros que habíamos dejado ya la mina, todos coincidíamos en un mismo recuerdo y en una misma sensación, un mismo recuerdo que se imponía sobre todos los demás: el recuerdo de nuestro mono de tela azul oscuro, y la sensación de que nunca te abandona. Todos nos lo habíamos llevado a casa cuando nos jubilaron, (…). Y todos nos contábamos que seguíamos usándolo, el mono, casi a diario. Al igual que a muchos les gusta ponerse un chándal nada más caerse de la cama, para nosotros el mono fue y siguió siendo algo más que una vestimenta. Todavía hoy, cuando te lo pones, te cubre como un vestido que se te adapta de forma impecable, más que a tu cuerpo a tu alma. Es más que un traje, es mejor que un traje caro, es tu segunda piel, y para algunos la primera y única piel. Es como una piel azul que no te la sabes despegar. Yo guardé y conservo el que Ricardo llevaba el día en que murió. También el Yunque murió con el suyo puesto, según supimos, allá lejos, muy lejos, donde acaso fue por fin feliz. Pidió que se lo pusieran y se lo pusieron”.
 
El autor con Sensi  Budia y conmigo.
Con estas palabras el autor viene a justificar sin duda el título de la novela y uno de los elementos que van a dar unidad a este grupo de personas, los mineros, que van a desarrollar una historia colectiva envueltos muchas veces en la niebla de la infelicidad, el desarraigo, el polvo negro del carbón y del miedo al futuro cuyo horizonte viene marcado por la resignación a que se ven abocados ante una prejubilación derivada de la paulatina y ya próxima decadencia de la mina.
Esta obra se desarrolla en un territorio, que aunque no se nombra, es claramente reconocible, se trata de la zona minera del Alto Guadiato, el lugar de origen del autor, pero que podemos extrapolar a cualquier otra cuenca minera de nuestro país.
La descripción del ambiente de trabajo, de los ratos de ocio en los bares, las inquietudes de los personajes que en el fondo buscan una vida mejor aparecen claramente reflejadas en estas páginas.
Estas gentes, como tantas otras de las tierras mineras, se van viendo obligadas a abandonarlas ante el vacío que supone el fin de unas formas de vida que durante mucho tiempo, incluso generaciones, les ha unido a esos espacios. El resultado muchas veces no es sino la huída o la resignación, el alcoholismo, la soledad e incluso la muerte.
Pero esta obra es también un conjunto de historias individuales entrelazadas, de unos personajes unidos por la mina y por un crimen nunca resuelto y que no se sabe muy bien porque se produce. El Abuelo, Ricardo, el Yunque, el protagonista y su esposa Charo o los Mieres son personajes solitarios que viven en un espacio opresivo traspasados por el desamor, el desarraigo y la falta de esperanza ante una vida monótona que parece no pertenecerles. Frente a ello les va a unir la amistad y la camaradería, las bromas en la taberna o en el autobús que les lleva cada día a la mina. Las aventuras y desventuras que unos y otros van a vivir les une a pesar de los avatares e incluso el misterio de unos orígenes a veces lejanos.
El idealista Ricardo, a través de sus palabras de la organización de diversas actividades lo que intenta hacer ver a sus compañeros en realidad es que la vida se puede cambiar, que uno puede decidir que camino ha de seguir, por lo que va a despertar en ellos el deseo de redimirse, de escapar de la situación en que se ve inmersos, y para ello se sumergen en la lectura, la música o la lucha contra un entorno laboral que les oprime. Las palabras de Ricardo o las tardes en la Peña les van a servir, en cierta medida como instrumentos para poder enraizar en una tierra que de otra manera les era totalmente ajena. Como muestra valga el párrafo siguiente:
“Ricardo nos contaba cosas del desierto y de las montañas del Rif de su niñez, y a la vez nos hacía apreciar las cosas nuestras.
- Si casi ninguno somos de aquí, si nuestras familias vinieron cada una de un lado, si alguna vez nos largaremos y no creo que nos importe –le decíamos.
- No, estáis equivocados –nos contestaba-. Eso es un error del que os daréis cuenta tarde, cuando busquéis un día estas chimeneas en el horizonte y no las encontréis, o los castilletes de mina, o las esquinas de vuestros juegos, o el parque. Hacedme caso.
Y claro que empezamos a hacerle caso. Desde entonces comenzamos a sentirnos un poco más de nuestro sitio. Aprendimos a apreciar cosas que casi se nos habían olvidado, que bien vistas no tenían importancia, ni mucha ni poca, porque en realidad eran como fotografías viejas sacadas de un álbum extraviado y carcomido por la humedad (…).
Ahora sí que le damos importancia a esas cosas, y en este pueblo algunos comenzamos a sentirnos más pueblo y menos gente de paso desde que Ricardo nos hizo rebelarnos contra nosotros mismos y contra nuestra inercia cómoda y fatalista” (…).

Pero al final la búsqueda de algo distinto no les va a llevar sino al fracaso de unas vidas marcadas por la mina, una mina que muere llevándose por delante las historias de estos personajes, tan reconocibles en muchos otros que hoy viven entre el recuerdo del carbón y un futuro aún por recorrer.







 
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La luna del hereje por Conrado Castilla Rubio se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 España.