17 de mayo de 2012

Indignado que no resignado.

Desde hace tiempo, yo también tengo motivos para la indignación: no soy rico pero como tengo un sueldo fijo al mes pues nada a pedir perdón por ello ya que se supone que soy un privilegiado, aunque como mucho, soy afortunado por tenerlo. Como soy funcionario y encima profesor pues tengo que tragar con lo que se me diga negándome asi hasta el aire que respiro, porque tengo que escuchar todos los días lo bien que vivo. Pero como no comparto esta visión simplista y muchas veces malintencionada, no me resigno y por ello en su momento tomaré las medidas que crea oportunas, iré a la huelga del día 22 para defender lo que tanto me ha costado conseguir que es el trabajo que tengo y que es de lo que vivo, aunque pueda servir de poco, y no me callaré cuando alguna gente critique por criticar, mienta y manipule para que los demás no podamos decir lo que pensamos coartando así nuestro derecho constitucional a expresarnos libremente. 
Yo no obligo a nadie a nada, cada cual que actue en consecuencia según su situación o su deseo, pero si recomiendo que simplemente mire el futuro que nos puede quedar tras esta crisis bestial, porque algún día saldremos de ella, y a mi al menos no me gustaría encontrarme con algunas de las cosas que ahora, con la escusa de la misma, se están "reestructurando".
Como ciudadano asumo mi pate de responsabilidad, si es que la tengo, pero no la responsabilidad de aquellos que teniéndola se van de rositas.

3 de mayo de 2012

Y al final, la esperanza.


He terminado de leer la última novela de Alejandro López Andrada  titulada “los ojos de Natalie Wood”, la cual acogí con un gran interés.
En la novela, junto las figuras literarias propias del autor, me ha llamado la atención varios hechos: en primer lugar he detectado un cierto cambio en su estilo, que ya se había iniciado con su anterior obra en la que la prosa se va haciendo menos poética para hacerse más narrativa; no obstante, las descripciones del mundo rural, del paisaje, de los sonidos del aire y de los pájaros, de los colores del cielo y de la tierra siguen estando ahí como elementos fundamentales de la obra y no como meros apoyos de la misma. Los paisajes son reconocibles, reales y cercanos.

Por otro lado considero que esta novela es una obra triste: el personaje principal sólo al final encuentra cierto alivio  para una vida marcada por hechos del pasado que le hacen arrastrar su amargura a lo largo de las páginas, sólo la muerte parece ser el elemento de esperanza necesario a que se puede amarrar para sobrevivir, pero también el perdón, la amistad y los ojos de Natalie Wood como clavo al que agarrarse para no terminar de hundirse en la miseria de su vida.

Hay momentos de tensión marcados por el misterio como por ejemplo  la visita a la montaña sagrada o las apariciones del fantasma de su madre, que se ven contrapesadas con las conversaciones de Felix (el protagonista) con sus amigos de Mina Diógenes o de Veredas Blancas y los recuerdos de su vida en esos lugares que de alguna manera le devuelven a la realidad de un pasado que no fue mejor que su presente, pero tampoco peor, y que hacen que al final esa tristeza que inunda toda la novela se vuelva esperanza y la victoria sobre el dolor se convierta en el elemento necesario para que el personaje quede liberado de sus miedos y obsesiones, en definitiva, los personajes de esta novela, los vivos y los muertos no dejan de ser supervivientes de un momento y un lugar, de un pasado y de un futuro al que el protagonista no se resigna.
 
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La luna del hereje por Conrado Castilla Rubio se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 España.