
Por todo esto cabe preguntarse sobre el verdadero carácter de estos eventos, pues como ya digo, poco o casi nada tiene que ver con la fe que se supone se debe mostrar ante esa celebración, más bien parece una fiesta en la que cada uno busca lucir sus mejores galas ante los espectadores que se sitúan a uno y otro lado de la calle para ver pasar la procesión.
Se puede entender esta actitud festiva ante la procesión de la patrona, pero ya no lo es tanto de cara a las procesiones semanasanteras, donde se supone que el respeto por el recogimiento y el sentimiento religioso debe ser lo que prive, sin embargo nos encontramos con todo lo contrario, ya que son otros los elementos que se tienen en cuenta y no lo que realmente representa. El lujo y la ostentación, la rivalidad entre cuadrillas, hermandades y demás parafernalia que se monta en torno a la Semana Santa dista mucho de lo que debe ser una manifestación religiosa.
En definitiva, podemos afirmar que predomina más lo festivo que lo religioso, lo material que lo espiritual, pues aunque no deja de tratarse de un elemento más de nuestra cultura, el comportamiento mayoritario deja bastante que desear ante lo que debe ser una representación de un acto de pasión, quizá por ello deberíamos pensar un poco más en conservar ese espíritu de sentimiento ante lo que se representa, que en ver quién lo hace mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario